lunes, 29 de diciembre de 2014

Los quejidos de la Tierra

Tomado de:

El artículo de Pablo Correa sobre la deforestación de la Amazonia, del 7 de noviembre en este diario, es un tremendo grito de la Tierra para que la salven.

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Parece un cuento negro aquello de que Alemania cabe dos veces en el área que se ha descuajado en la selva, con efectos que se proyectan mucho más allá de “Los límites del paraíso”, título de un poemario de la argentina Ana Unhold. Es devastadora la acción humana sobre el territorio que provee de oxígeno a buena parte del mundo y que además se reconoce como quizá su más grande fábrica de agua.

Tal vez por primera vez se hace un planteamiento tan drástico como el del brasileño Antonio Nobre, en cuanto a que hoy no es suficiente parar la tala de árboles de los “civilizadores” que se tragan la selva. Se requiere además, dice Nobre, que la superficie destruida se repueble, se reforeste, de modo que en unos años la Amazonia vuelva a funcionar como años atrás.

De los términos de Correa sobre la gravedad de la situación se desprende que desde este momento los gobiernos del mundo, depositarios del poder, debieran dedicarse a establecer los mecanismos para “replantear la selva”, y podemos agregar que, a semejanza de lo que se ha propuesto en otros casos, literalmente esos gobiernos no puedan pararse de sus sillas en un recinto cerrado hasta definir los recursos y las acciones que permitan echar a andar un programa concreto para terminar con la salvajada de los colonos que echan motosierra para asesinar el entorno vital del Amazonas.

Confesamos que al leer el texto de Pablo Correa hemos sentido un estremecimiento equiparable a la imagen que el periodista nos presenta cuando cuenta que el área perdida equivale al espacio que ocupa una imaginaria carretera de dos kilómetros de ancho trazada entre la Tierra y la Luna.

¿Cuánto pudiera costar la tarea de cubrir de verde esa autopista de muerte para evitar que el calentamiento global nos consuma si continúa ascendiendo la temperatura del mundo y, por el contrario, atendiendo otros factores concomitantes, se reverse el proceso que desata catástrofes por todas partes? No importa cuánto, decimos, ya que la realidad nos enseña que, por ejemplo, cuando se trata de producir armas para que los hombres se maten, las cifras no inquietan a los guerreristas y quienes directamente se lucran con las peloteras que fomentan para hacer sus negocios.

Entrar entonces a calcular costos y determinar si la idea de preservar un pulmón del mundo, regulador de nuestra respiración como humanos, justifica el esfuerzo económico que tal empresa entraña, equivale a hacerse el desentendido frente a la dimensión de una de las calamidades ecológicas más grandes de la historia. ¿Acaso, cuando se trata de vender y mandar fierros para que los pueblos se enfrenten y se aniquilen, los mafiosos del armamentismo se preocupan? La tragedia climática de la Tierra es comparable a poner en marcha varias guerras mundiales.
Sinceramente, pensamos que una realidad como la que refleja el artículo comentado de Correa debiera generar acciones de protesta social de todos los países, para exigir que los mandamases, especialmente de las potencias económico-políticas, se convoquen con el propósito de establecer un programa de la misma envergadura de lo que ocurre en el Amazonas.

* Mario Méndez