sábado, 19 de abril de 2014

Las Malvinas y el profesor Rivero Collado: un repaso a un tema que vuelve a la actualidad Destacado


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Tomado de:

por Vicent
Miércoles, 16 de Abril de 2014 09:19
Las Malvinas son, indiscutiblemente, de la República Argentina

Homenaje al pueblo argentino, a Carlos Rivero Collado y a sus habituales lectores y/o comentaristas. Texto obtenido gracias a Kaos y a un blog antiimperialista.

Un texto basado en escritos sobre esta materia del prestigioso profesor de Historia,  nacido en Cuba y residente en Estados Unidos, Carlos Rivero Collado.

Un siglo y medio después de que el incipiente imperio yanqui arrasara con la población argentina de las Islas Malvinas, en 1831-32 , y los británicos las ocuparan después, Argentina recuperó las islas, en abril de 1982.
Cientos de millones de latinoamericanos apoyaron aquel hecho porque no veían en él la inútil maniobra de una dictadura militar que quería retener el poder que estaba perdiendo por la enérgica repulsa del país, sino la noble causa del pueblo argentino de poseer un territorio que le pertenece por derecho propio.

El gobierno imperial de Estados Unidos apoyó a Gran Bretaña en aquel conflicto y no fue una acción diplomática, sino de guerra, porque sus satélites jugaron un papel importante en los bombardeos navales y, además, localizaron al crucero General Belgrano para que un submarino nuclear británico lo destruyera lejos de la zona de exclusión guerrera que los propios británicos habían impuesto en torno a Las Malvinas, con un saldo de 323 argentinos asesinados. El ataque al General Belgrano no fue una acción de guerra, sino un crimen de guerra … tan típico de ambos imperios.

Los derechos de Argentina sobre Las Malvinas están basados en los derechos que tenía España sobre esas islas antes de 1811, año en que las abandonó y fueron ocupadas por la nueva república nueve años después. Cuando un país se libera de su metrópolis hereda todos los territorios que la misma poseía como partes de ese país. Si se excluye un territorio, sea continental o insular, es como si, por ejemplo, México se hubiera independizado de España con excepción de las Islas María, o Cuba de Pinar del Río o Venezuela de la Isla Margarita.

Hay numerosas razones para probar que las Islas Malvinas eran españolas y que, por ello, después fueron argentinas.

Durante los siglos XV y XVI, el derecho internacional, aceptado por todas las potencias europeas, reconocía que el descubrimiento y la ocupación de un territorio era la fuente principal de su posesión. Si esta ocupación no se producía, entonces el territorio era declarado res nullius, o sea deshabitado o libre de todo gobierno.

Apenas dos años después del Descubrimiento, el Tratado de Tordesillas, logrado por la Iglesia entre España –Castilla y Aragón– y Portugal colocaba a las Islas Malvinas como parte de los territorios que España podía ocupar. Aunque el Papa que logró el tratado, Alejandro VI, no llegó a confirmarlo, lo hizo su sucesor, el papa Julio II, en 1506. O sea que aun desde antes de que España descubriera estas islas ya le pertenecían. (Si el almirante Piri Reis descubrió antes Las Malvinas, eso no significa nada a los efectos de su posesión porque el Imperio Otomano nunca reclamó tierras en el Nuevo Mundo; ni siquiera hay pruebas definitivas de que Piri Reis hubiese navegado a través del Atlántico, ya que los mapas encontrados en el Palacio Topkapi, en 1929, pudieron haber sido hechos después del Siglo XVI)

Aunque algunos historiadores suponen que Américo Vespucio pudo haberlas descubierto en 1503, lo cierto es que sí hay testimonios de que fueron descubiertas, en 1520, por Esteban Gómez, capitán de la nave San Antonio, durante la expedición española de Fernando de Magallanes, que terminó por darle la vuelta al mundo por primera vez en la historia, aunque ya al mando, después de la muerte de Magallanes, de Juan Sebastián Elcano.

Cinco años después, en la expedición española de García Jofre de Loaisa, el capitán Pedro de Vera, avistó otra vez las islas que muchos años después se llamarían Malvinas.

En 1535, en la expedición española de Simón de Alcazaba y Sotomayor, el capitán de la nave San Pedro, José Rodríguez Martínez, avistó, otra vez, las propias islas.

En febrero de 1540, el capital español Francisco Alonso Camargo tomó posesión del archipiélago a nombre de España. A fines de 1542, un año después del regreso de Camargo a España, ya las islas figuraban en el atlas Islario de Alonso de Santa Cruz que las situaba a unas 70 leguas de la Patagonia argentina.

El Imperio Británico –en un exceso de insolencia e ignorancia, tan típico en él como en su heredero–, sostuvo que las islas fueron descubiertas por John Davis, capitán de la nave Desiree, el 14 de agosto de 1592. Y eso lo “hizo” sin ni siquiera referirse a las coordenadas de su “descubrimiento”. Medio siglo antes ya Camargo y sus hombres no sólo navegaban, sino que caminaban sobre las rocas y los valles inhóspitos de las heladas islas.

O sea que los dos requerimientos que las potencias colonialistas europeas, incluyendo la británica, reconocían como pruebas incontestables de posesión de un territorio, o sea el descubrimiento y la ocupación, habían sido satisfechas plenamente por España medio siglo antes de que los británicos dijeran que habían “descubierto” el archipiélago.

En 1740, hubo un amago de guerra entre España e Inglaterra por las incursiones ilegales que los barcos británicos hacían en las islas.

Un cuarto de siglo después, un conde francés se estableció en una de las islas del archipiélago y fundó la villa de San Luis, pero a los dos años la abandonó, reconociendo la soberanía española. Los franceses que se habían establecido allí quedaron bajo el mando de Felipe Ruiz Puente quien, a nombre de España, creó la Gobernación de las Islas Malvinas. Fue el primer gobierno formal que hubo en las islas.

Un grupo de británicos se estableció en la isla Trinidad, pero unos meses después, mediante unos acuerdos denominados Convenciones de Nutka, se retiraron, aceptando la soberanía española.

En 1811, durante la ocupación napoleónica, España se retiró de las islas y éstas quedaron desiertas hasta 1820.

Argentina, liberada ya definitivamente de España con el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata –o de Sudamérica–, envió una fragata para tomar posesión de las Malvinas, en 1820, como sucesora legal del territorio español conocido como Virreinato del Río de la Plata.

dominio eminente de los argentinos sobre las Islas Malvinas estaba amparado en el derecho internacional, específicamente en la ley de sucesión de estados y en la doctrina uti possidetis juris. Al reconocer España la independencia de las Provincias Unidas les cedió todos sus derechos sobre Las Malvinas, con carácter retroactivo al 25 de mayo de 1810, día en que los argentinos proclamaron la independencia.

No hubo ninguna protesta por parte del Imperio Británico sobre Las Malvinas cuando España reconoció a las Provincias Unidas en 1823 ni cuando firmó un tratado de amistad, comercio y navegación con el nuevo país, en febrero de 1825, lo que prueba, como veremos después, que si no llega a ser por la invasión yanqui, el Imperio Británico no las hubiera reclamado porque ni siquiera lo hizo cuando España las abandonó, en 1811, a pesar de que en ese momento Madrid no había reconocido al gobierno de Buenos Aires y las islas podían haber sido declaradas entonces resnullius, o sea deshabitadas o sin gobierno.

En 1823, el gobierno de las Provincias Unidas comisionó a Luis María Vernet para que explotara los recursos de las islas y, en junio de 1829, lo nombró Jefe de la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas, con capital en la isla de Soledad y jurisdicción sobre todo el archipiélago. Dos meses después, Vernet fundó San Luis. En pocos meses los pobladores eran ya más de 125, miembros de unas treinta familias que se dedicaban a la agricultura y la pesca.

Como Comandante de las Malvinas, Vernet tenía los mismos poderes de un gobernador y, como tal, estableció una serie de disposiciones que regulaban la pesca en las aguas próximas al archipiélago; pero éstas fueron violadas, repetidamente, por los capitanes de los barcos balleneros y los cazadores de morsas que procedían de Estados Unidos, sobre todo de Massachusetts. Debido a la excesiva depredación que habían sufrido esos animales, Vernet prohibió su pesca y su caza en la zona de las Malvinas, pero los estadounidenses lo desafiaron y prosiguieron sus fechorías.

Estos piratas sin patas de palo ni parche en un ojo no sólo violaban las leyes de la Comandancia, sino que desembarcaban en las islas y les robaban sus reses y otras pertenencias a los gauchos argentinos. Al cabo de dos o tres años de que se efectuaran estos asaltos, Vernet procedió al arresto de decenas de estos delincuentes y al apresamiento de los barcos pesqueros Harriet, Breakwater y Superior.

Quienes conocemos un poco la prolija historia en autoagresiones del Imperio, no podemos menos que sospechar que los delitos perpetrados por los pescadores yanquis en Las Malvinas pudieron haber sido hechos de acuerdo con las autoridades de Washington para provocar al comandante Vernet a que cumpliera la ley y, entonces, acusarlo de agredir a los “pacíficos” pescadores para “justificar” la invasión a las islas, como efectivamente ocurrió el 28 de diciembre de 1831.

Si tenemos en cuenta que Estados Unidos abandonó Las Malvinas para que fueran ocupadas, unos meses después, por los británicos, se debe llegar a la conclusión lógica de que ambos imperios, el viejo y el joven, estaban actuando de acuerdo, como han hecho muchas veces, entre ellas, casi un siglo después, cuando llenaron de armas, municiones y dinamita al barco Lusitania, violando las leyes marítimas por las que se deben regir los barcos de pasajeros en tiempos de guerra, para incitar a los alemanes a hundirlo y que el gobierno de Estados Unidos usara ese hecho –y lo del posterior Telegrama Zimmerman, que también fue una patraña de ambos imperios– para entrar en la Primera Guerra Mundial.

A partir de 1820 hubo un movimiento político en Estados Unidos que buscaba zanjar las graves disputas entre Londres y Washington que motivaron la invasión de 1812 en que los británicos llegaron hasta a darle candela a la Casa Blanca. Ya hacia 1825 las relaciones de ambos imperios eran buenas y así se han mantenido hasta hoy.

Se cree que la entrega de Las Malvinas al Imperio Británico, en 1833, después que las islas habían quedado sin gobierno y casi sin población como efecto de la agresión yanqui, fue un obsequio de Washington a Londres para fortalecer las relaciones que habían hecho tan grave crisis veinte años antes. Debe recordarse, además, que el poderío británico, sobre todo en la mar, era muy superior entonces al de Estados Unidos.
El hecho cierto fue que la actitud británica respecto a Las Malvinas cambió, radicalmente, de 1825 a los últimos días de 1831, en que los yanquis invadieron las islas.

Vernet liberó a los pesqueros Breakwater y Superior, pero mantuvo el Harriet y junto a su familia llegó en este barco a Buenos Aires el 19 de noviembre de 1831 con todos los documentos para iniciar un proceso criminal contra los pescadores-piratas. .

Fue entonces que, en perfecta coordinación con el apresamiento de esos barcos, los británicos dijeron que su evacuación de Las Malvinas en 1774, en la que habían reconocido los derechos de España, había sido hecha sin el consentimiento de la monarquía, que era, por ello, ilegal, y reclamaron su derecho sobre las islas. Es muy significativo que lo que antes no había hecho el Imperio Británico, ni siquiera cuando las islas quedaron desiertas en 1811 ni cuando las Provincias Unidas tomaron posesión de ellas en 1820, lo hiciera después que comenzara el enfrentamiento con los pesqueros estadounidenses, y, como “casualidad” adicional, la protesta británica ante la cancillería argentina fue hecha el mismo día en que Vernet llegó a Buenos Aires a bordo del pesquero Harriet.

Para mayor coincidencia, el cónsul de Estados Unidos, George W. (otro George W.) Slacum presentó su protesta por el apresamiento de los barcos pesqueros ante el gobierno de Buenos Aires al día siguiente, o sea que los dos imperios no sólo actuaban en coordinación, sino, además, con desfachatez, con insolencia.
El cónsul Slacum, a la sazón, declaró:

–The American fishermen can do their work wherever they want (los pescadoresestadounidenses pueden hacer su trabajo adonde les dé la gana)

(Más o menos ésa es la misma insolencia yanqui con la que pudieran decir:
–Nos quedamos en Guantánamo no porque el pueblo cubano lo quiera ni porque las leyes nos amparen, sino porque nos da la gana)

Algunos historiadores consideran que lo que ocasionó la crisis, y su rápido desenlace, entre Estados Unidos y Argentina fue que el cónsul Slacum desconoció los pactos que existían sobre pesca entre varias naciones de Europa y que actuó con extrema agresividad; pero también se puede considerar que esa actitud pudo haber sido ordenada desde Washington por el Departamento de Guerra con el consentimiento del presidente Andrew Jackson, el genocida de la población autóctona de Norteamérica, para facilitar la invasión a las Malvinas.

Usurpando funciones presidenciales, o sea de Comandante en Jefe, el cónsul Slacum le informó al gobierno bonaerense que si el Harriet y su tripulación no eran liberados en el acto, le ordenaría a la corbeta USS Lexington, que se hallaba en el puerto de Buenos Aires, que atacara y ocupara las Islas Malvinas, que no estaban en ese momento ni habían estado nunca protegidas por barcos de guerra.

El capitán del Lexington, Silas Duncan, fue aun mucho más prepotente que el cónsul Slacum y demandó del gobierno argentino “la rendición inmediata e incondicional de Vernet para ser enjuiciado, a bordo del USS Lexington, o sea en territorio estadounidense, como ladrón y pirata”

Es en ese momento en que el gobierno imperial de Londres declara que España había ocupado ilegalmente Las Malvinas y que, por ello, las Provincias Unidas no tenían derecho sobre las mismas. Este descomunal planteamiento fue apoyado por el presidente Andrew Jackson en Washington.

El 28 de diciembre de 1831, los Marines del USS Lexington, armados hasta los dientes y al mando de Silas Duncan, tomaron por asalto Puerto Soledad, capital de Las Malvinas, destruyeron las pocas piezas de artillería que defendían la pequeña villa y arrasaron con las viviendas y los cultivos de sus habitantes, a los que tomaron prisioneros, incluyendo mujeres, ancianos y niños, entre ellos al único nativo de las islas, un niño de dos años. En el momento del ataque, Puerto Soledad tenia una guarnición de 25 soldados y unos 125 habitantes, entre ellos 7 alemanes.

Al carecer de gobierno, Las Malvinas cayeron en un estado de total anarquía, a merced de los prisioneros que se habían escapado del penal en el momento del asalto y de numerosos piratas que desembarcaron después.

Unas semanas después, Levy Woodbury, Secretario de Marina de EU, le envió una carta al capitán Duncan en la que le decía:

–El presidente Jackson aprueba el curso que usted siguió y se encuentra muy satisfecho con la prontitud, firmeza y eficiencia de sus medidas.

Después de un intento fallido del gobierno de Buenos Aires por repoblar las islas, llegó a Puerto Egmont, el 2 de enero de 1833, la fragata de guerra británica HMS Clío, al mando del capitán John James o­nslow, quien tomó posesión de las islas a nombre del rey de Inglaterra. Unos días después arribó a las ruinas de Puerto Soledad y comenzó a reparar el semidestruido fuerte y la arrasada villa.

Esta ocupación, tan inmoral como ilegal, se mantuvo hasta abril de 1982 y a partir de junio del propio año hasta hoy.

Ultima modificacion el Miércoles, 16 de Abril de 2014 10:35
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